IV Centenario de la Beatificación de Santo Tomás de Villanueva

De los pecados capitales siempre me llamó la atención, la envidia, y hubo un tiempo en que leí sobre ello tratando de poder entender lo que es y cuales son sus causas, sus raíces más profundas; leí al gran psiquiatra D. Carlos Castilla del Pino y otros; sin embargo fue recientemente revisando las obras de nuestro Patrón Santo Tomás de Villanueva,  obras que han sido editadas como apoyo a la petición de “Doctor de la Iglesia Universal”, cuando encontré la mejor definición y  que me ha hecho reflexionar; considero muy interesante poder compartir mis reflexiones con todos ustedes, y quien sabe, quizás pueda servirnos para que mejoremos:

De Sto Tomas:

“ La envidia es un pecado diabólico, el mal en estado puro. Porque los otros vicios y pecados intentan obtener algún bien, aunque de forma desordenada. El ambicioso por ejemplo, busca honores, el avaro riquezas, el lujurioso placeres, el guloso sabores, el perezoso descanso (…). Pero la envidia es pura maldad, no produce satisfacción alguna, sino mucho de tortura. La envidia no tiene nada bueno, salvo que merecidamente atormenta al que la tiene”.

Realmente contundente, y lo dice nuestro Santo Tomás, el hombre dotado del don opuesto a la envidia, el hombre que encarnó la caridad y la misericordia con mayúsculas, nos hace un descripción exacta e  indiscutible de la envidia y es natural que sea así de contundente una persona que ha llegado a ser el paradigma de la misericordia y de la humildad. Curiosamente, el órgano de la envidia son los ojos, la palabra envidia proviene del latín “invideo”,  que quiere decir “mirar de reojo” y es que el envidioso no mira nunca de frente,  trata de esconder la hiena que lleva dentro y que mira a través de sus ojos, la hiena que muerde su alma e inmisericorde devora poco a  poco su corazón.

Si uno busca en el R.A.E.,  la definición de la envidia, encuentra:

“Tristeza o pesar del bien ajeno” y si nos vamos a Wikipedia podemos leer:

“La envidia es aquel sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro, sea en bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas tangibles e intangibles”.

   Sin duda no hay mejor definición que la que nos da Santo Tomás cuando nos dice que la envidia es un pecado diabólico, el mal en estado puro, es pura maldad sin más y encima atormenta merecidamente al que la tiene.

Santo Tomás, el gran misericordioso, el campeón de la caridad nos pone en la pista mas acertada para conocer lo que es la envidia, y  que este pecado además lleva asociado importantes males como son la difamación, la calumnia, la maledicencia, el rencor, la rabia, el resentimiento, la tristeza, la desazón,  pues el envidioso, que suele ser una persona astuta, tiene como deseo principal arruinar el bien ajeno y para ello intenta destruir la buena fama de la persona envidiada, la calumnia denigrándola, desprestigiándola y nunca dándose por satisfecho pues jamás consigue su objetivo final, la destrucción total de la fama o si pudiese la muerte de su envidiado en casos extremos, y ni aun así se siente jamás satisfecho; como le pasó, según el relato bíblico, a Caín con Abel a quien tanto odiaba porque los frutos que cosechaba subían al cielo y no los suyos. Caín mato a Abel por envidia, un Caín atormentado por ver a su hermano plenamente feliz; y es que como decía Seneca: “ Nunca será feliz aquel al que atormenta la felicidad del otro”.

La hiena apoderada del alma del envidioso, royendo insistentemente su propio corazón, y representado también por el color amarillo, no tiene solución alguna; y es por eso que termina diciendo Santo Tomás sobre que se puede hacer con un envidioso o que hacer para que no haga daño; el infierno, allí estará la mar de bien en el infierno, allí estará inactivo, porque no tendría a nadie al que envidiar.

Es tremendo; el pesar del envidioso es ver con gran disgusto, con rabia, como una gran desgracia, los éxitos del otro, hay en el envidioso un componente de sadismo y de masoquismo.

Las personas en general tenemos un gran don, en mayor o menor medida, somos creadores, nos gusta inventar, innovar, somos imaginativos, somos soñadores capaces de las mas maravillosas empresas llevados por nuestras ansias de libertad, pues bien el envidioso tiene disminuido este don al ser fundamentalmente un ser destructivo y desarrolla por encima de todo su capacidad para el mal, para el envidioso solo vale la llamada “ley de la selva”; decía nuestro poeta D. Francisco de Quevedo: “La envidia está flaca porque muerde y no come”.

Por nuestra parte, solo podemos sentir misericordia por los que nos envidian, en su pecado llevan el castigo y son dignos de lastima, nunca pueden librarse de la hiena que les roe constantemente el corazón.

“Hay gente que me ha juzgado por lo que digo, imagínense si supieran lo que pienso”.

Rafael María Ruiz Rodríguez

Sec. General U.L.I.

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